martes, 29 de mayo de 2012

Viaje en la banana interplanetaria

martes, 17 de abril de 2012

Cine y Literatura


Si uno le echa un vistazo a las películas galardonadas en los Premios Oscar, encontrará un gran número de adaptaciones de libros. En 1973, El Padrino, dirigida por Francis Ford Coppola y protagonizada por Marlon Brando, obtuvo la estatuilla por mejor película. En 1976, la ganadora fue Alguien Voló sobre el nido del Cuco, dirigida por Milos Forman y protagonizada por Jack Nicholson. En 1992, El silencio de los inocentes, dirigida por Jhonattan Demme y protagonizada por Jodie Foster y Anthony Hopkins, ganó el codiciado premio. La primera de las películas nombradas está basada en el libro El Padrino de Mario Puzo, la segunda en el libro de Ken Kesey y la tercera -la legendaria historia de Hannibal Lecter- en el libro de Thomas Harris. Tanto la obra literaria como la versión cinematográfica son conocidas en el mundo entero y sirven como ejemplo, para perfilar la intrínseca relación que existe entre cine y literatura.

Antes de la aparición de la fotografía, de la irrupción de las escenas en movimiento auspiciadas por los hermanos Lumière, los escritores del siglo XIX alcanzaron los máximos niveles de expresión literaria. Al leer a Flaubert, a Stendhal o a Dostoievsky, las descripciones minuciosas y perfectas de un paisaje o de un collar en el cuello de una mujer, abundaban para el placer y encanto de los lectores. En aquel siglo de Charles Dickens y Robert Louis Stevenson, era común que las familias se reunieran a leer en voz alta y en los puertos de las ciudades había que hacer filas interminables, para adquirir las novedades literarias venidas del otro lado del mundo. La literatura era la televisión y el cine de la época. La literatura suplía la necesidad de ficción que los seres humanos requieren día a día.

Con el cine y la televisión, la literatura perdió popularidad pero no vigencia e importancia. El primer formato que conocen las películas y las telenovelas es escrito. Un guion o un libreto son los puntos de partida de las grandes producciones actuales. Muchas de ellas, como se señaló en el primer párrafo, son adaptaciones de libros. Las similitudes y diferencias del lenguaje verbal y audiovisual son numerosas. La palabra ante todo nos remite a una imagen. Decir pájaro o árbol, más allá de los grafemas y fonemas, evoca la imagen de un flamenco, de una jacaranda o de cualquier forma que responda al concepto de pájaro y árbol. Decir trompeta o campana, nos refiere a los sonidos emitidos por estos objetos. Por lo tanto el lenguaje verbal es audiovisual y la relación entre cine y literatura, concreta.

Si en literatura el narrador puede ser una voz en primera, segunda o tercera persona; en cine el narrador es la cámara y los planos de la misma (plano detalle, primer plano, plano americano, etc) las voces que narran desde las imágenes. El cine y la literatura son dos lenguajes diferentes, pero fecundos y complementarios, que están a la orden de los creadores para hacer obra en doble vía. Cine basado en literatura o literatura cargada de elementos cinematográficos, como es común que suceda con los libros hoy día.

lunes, 9 de abril de 2012

Música y Literatura


En El perseguidor de Julio Cortázar, Johnny Carter asegura que la música le ayuda a entrar en el tiempo. Para explicarse, cuenta que al viajar en el metro de París e ir de una estación a otra, es capaz de recordar simultánea y detalladamente, los conciertos que ha dado, las caminatas y los rostros del viejo barrio, a su vieja haciendo compras, a la conversación con un amigo que habla de caballos, a otro de sus amigos tocando Save it pretty mamma; mientras él, Johnny Carter, músico consagrado de jazz, escucha y entiende cada nota y recuerda de nuevo a su vieja recitando una larguísima oración en la que incluye repollos y a su viejo desaparecido. Carter cuenta que esa catarata de pensamientos lo ocupó al menos quince minutos, pero se asombra al darse cuenta de que en realidad sólo le tomó minuto y medio, lapso que dura el recorrido de una estación a otra.

Johnny Carter explica todo lo anterior para mostrarle a Bruno que es lo que le sucede cada vez que toca el saxofón. El músico cuando toca su saxo desaparece de la realidad e ingresa en el tiempo de la música. Algo indefinible, intangible, infinito, incontable. Julio Cortázar el autor de este gran cuento, trabaja la música en su literatura de manera excepcional. Algunas veces, como en el ejemplo anterior la hace implícita y pone sobre el papel las sensaciones, sentimientos y efectos que ésta produce. Juega con ella dentro de su prosa y es por ello que encontramos capítulos enteros de Rayuela, en las que el ritmo de las palabras las convierte en música verbal, en un acompasado y armonioso fraseo, en donde el significado de las mismas no importa. Sólo su ritmo.

Si bien lo tácito de la música en literatura está presente en la obra de otros autores como Sábato o García Márquez (por citar sólo algunos), quienes emplean el tango y el vallenato como atmósfera de sus textos, sin emplear una sola letra de las canciones; la música en literatura también se relaciona de manera directa. Basta pensar para el caso colombiano en la obra de Andrés Caicedo. Su novela insigne ¡Que viva la música!, está colmada de letras entre otros, de los Rolling Stones, Mon Rivera, Richie Ray y Bobby Cruz, que el lector puede rastrear a placer en la discografía detallada que al final de la obra, el escritor caleño legó a melómanos y lectores.

La música y la literatura van de la mano. El ritmo es el concepto que las hermana. Una buena obra literaria tiene ritmo. No en vano, varios decálogos para escribir aconsejan leer en voz alta lo que se escribe. Esa lectura a viva voz evidencia la gracia o la torpeza de la composición literaria. El autor debe decidir si quiere que ese ritmo y ese fondo sean de colores salseros, de mariachi, de bolero o de neo punk industrial. Hacerlo evidente o no, será una decisión fundamental que modificará el resultado de la pieza literaria.

martes, 1 de noviembre de 2011

Raymond Carver.


Hay varios escritores a los que se llega motivado por la curiosidad de husmear en sus vidas. Conocer con detalle los episodios dignos de una novela trágica, de un relato matizado por la gloria y por las más duras caídas al abismo. Llegamos a ellos con la idea de corroborar aquello que hemos escuchado o leído en pasillos o revistas. Tan pronto empezamos a hurgar en sus biografías, nos damos cuenta que muchas de las cosas de las que nos hemos enterado, han sido exageradas con entusiasmo por varias generaciones de lectores. Edgar Allan Poe, Virginia Woolf u Oscar Wilde, para el caso internacional; Raúl Gómez Jattín, Andrés Caicedo y Porfirio Barba Jacob por citar algunos del nacional. Vidas de escritores colmadas de escándalos, dramatismo y dolor, que lograron en medio de la borrasca, obras memorables que continúan conmoviéndonos.
Finalmente lo que queda es la obra y es lo que realmente importa. Cuando la leemos con cuidado, entendemos que allí mismo está cifrada la biografía del autor. Este es el caso de Raymond Carver, el mejor cuentista norteamericano de las últimas décadas. A menudo comparado, nada más ni nada menos con Ánton Chejov, Raymond Carver dejó una producción cuentística en la que nos adentramos, gracias a su técnica y tono, a las profundidades del corazón humano.
Carver murió prematuramente, demolido por el cáncer, en 1988 cuando tenía 50 años. Se encontraba en la cima de su carrera literaria y sus cuentos conocían traducciones a múltiples idiomas y eran una constante aparición en revistas de talla mundial como “The New yorker” y “París Review”. Había padecido un divorcio y la separación de sus hijos, a causa de un alcoholismo que lo llevó a deambular en lo más bajo de la miseria humana. Los médicos lo desahuciaron. No le daban más de seis meses de vida si continuaba con aquel estilo de vida. Raymond Carver logró recuperarse de su alcoholismo y lo que iba a ser seis meses, según los médicos, se convirtió en diez años, en los que el escritor decidió vivir sobrio, lúcido y dedicado a la literatura.
En su obra es frecuente encontrar relatos de hombres ebrios y desechos, atrapados en sus adicciones y manías. Abundan los conflictos entre marido y mujer, matrimonios que se desgajan por la rutina, vidas de pareja que se van por la alcantarilla a causa de un aburrimiento irreversible que va colmando la vida matrimonial. También la amargura de las relaciones familiares, condicionadas por los lazos de sangre, encontró en la obra de Carver expresión literaria. Este escritor relató con total honestidad, el fastidio y las pequeñas batallas que acompañan las relaciones entre hermanos, padres e hijos.
Con títulos como De qué hablamos cuando hablamos de amor, Quieres hacer el favor de callarte o Tres rosas amarillas, los libros de Raymond Carver nos conducen por catástrofes cotidianas en la que los personajes- gente de lo más común- se enfrentan a su propia familia y a sí mismos, en ambientes colmados de resignación, tan habituales a nuestros días. Estos libros de cuentos describen nuestra vida contemporánea, nos ponen en primera fila ante el desasosiego y la frustración de las relaciones humanas, nos dejan ante la conmoción de saber un poco más sobre nosotros mismos, sobre nuestra pareja, sobre nuestra familia.
Si un libro de cuentos es capaz de hacer eso, bien vale la pena leerlo y asomarnos -gracias la técnica directa y sin adornos del cuentista norteamericano- a las contradicciones de nuestra condición humana actual.

viernes, 15 de octubre de 2010

Whisky (Lado A) - Whiskey (Lado B)

Whisky
(Lado A)

Esta bebida que en las buenas casas productoras, no altera su método y técnica desde hace más de un siglo, es de la que me dispongo a hablar. Bueno, a mal hablar, porque desde hace muy poco (anoche) es que me he puesto en la tarea de disfrutarla. El whisky, que en un principio (finales del XVIII) fue la bebida predilecta de campesinos en Europa (debido al alza indiscriminada de los brandis franceses) años después se convertiría en la bebida preferida de la Reina Victoria, que no concebía la hora del té, sin un buen chorrito de whisky. La marca preferida de la tatarabuela del Rey Juan Carlos, fue la fabricada por los hermanos Chivas. James y John Chivas fueron unos comerciantes esmerados, que pasaban las horas atendiendo una venta de comestibles y bebidas en Aberdeen Escocia. Los hermanos Chivas, eran conocidos por vender productos de alta calidad: especias traídas de oriente, quesos y brandys franceses e incluso, frutas y ron del Caribe. Pero los hermanos Chivas, no contaban con un whisky que estuviese a la altura de los demás néctares. Es por ello que se pusieron a la tarea de producir whiskys de malta y granos secos en la primera mitad del XIX. Una vez que la Reina Victoria probó el delicioso producto, quedó prendada y nombró oficialmente a la Casa de James y John, como la proveedora oficial de su Castillo de Balmoral. En alguno de los grandes salones, los aristócratas británicos de la época, seguramente desanudaron corsés, arrancaron pelucas y corrieron como monos extasiados, bajo la algarabía lúcida que producía el Scotch.
Si se escribe Whisky es porque hacemos referencia a los producidos en Escocia, Canadá y Japón, bebidas que generalmente se elaboran a partir de cebadas malteadas y granos secos. Si escribimos Whiskey, hablamos del producido en USA y del gran aporte gringo al whisky europeo: el maíz. La mayoría de whiskeys (entre ellos el inolvidable Jack Daniel´s) están hechos con base en maíz y centeno. Por ello es que reciben el nombre de bourbon. Así que si alguien busca impresionarnos con esta sencilla diferenciación, bien podemos ponerlo en su sitio y pedirle que levante su vaso, deje de pavonearse y diga salud.
En la novela El Gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald, asistimos junto a Nick Carraway, a las descomunales fiestas ofrecidas por Jay Gatsby en su lujosa casa de West Egg. Allí,las bandas de jazz (tipo Duke Ellington) y los ríos de whiskey (tipo bourbon) embriagan a los personajes y a la noche de una magia vital. Son los “locos años veinte” y la decadencia, los excesos y el buen gusto caminan de la mano. Hay un pasaje en el que el narrador nos cuenta una borrachera con whiskey a las tres de la tarde. Nick Carraway flota en la gracia junto a dos mujeres de vestidos cortos de volantes, sombreros con malla y pitillos plateados y humeantes en sus bocas. Son las tres de la tarde en un hotel de la 5th avenida y las volutas azules que ascienden en el vacío, pueden ser contempladas en su justa belleza, gracias a la dichosa embriaguez del bourbon. Aquel que se haya embriagado en horas prohibidas (digamos a las 9 de la mañana) sabrá de qué diablos estamos hablando.

Ahora, dejando a un lado las gotas de historia y literatura, es el momento para servirse un buen whisky (o whiskey) poner algún disco favorito, sentarse muy relajado y mirar lo que se venga en gana, aspirar sutilmente el aroma madurado, llevarse el vaso a la boca, dejar que el licor se pose unos instantes en la lengua y empujarlo suavemente tras de ella.

Whiskey
(Lado B)

Abriré una botella y beberé un largo sorbo que encienda mis tripas. Sólo con el aliento y los ojos llenos de llamas es digno escribir algo. Hay muchas cosas por las que he pasado, pero ninguna de ellas significa nada, si no es vista a través del filtro sumergido del alcohol. Cada una de mis experiencias cobra sentido luego de ser reflexionada en alguna juerga de botellas rotas y litros de licor. Así funciona el mundo. Así funciona el mío.

Una ventana de cualquier edificio de cualquier ciudad expele un fulgor rojizo. Las 2 y 55 de la mañana y alguien adentro prendió fuego a las sábanas de la cama "Devuélveme mi noche rota, mi sala de espejos, mi vida secreta, dame crack y sexo anal"(1).
La sangre fluye y se revienta contra mi cráneo, la marea roja trae la imagen de su cuerpo vencido. Un cuerpo fresco y con olor a cebada malteada. Si las cosas van bien, es cuestión de tiempo para que los cuerpos abran sus accesos y permitan la lubricación de la sensualidad y el abandono. El humo sale apretado por los bordes de la ventana, la temperatura disparada en la estructura del edificio, la alarma contra incendios. Te tomo del cabello y sobre la puerta de la habitación, grabo en tu espalda nuestra tregua provisional. Enciendo un cigarrillo y sirvo otro trago de whiskey. Trago de whiskey. Whiskey. Los bultos en las venas hablan de una creciente hipertensión, recuerdo que dijiste que preferías tener la sangre acelerada a tenerla muerta. ¿Sabes de qué color es la sangre a la luz de la luna? Negra. Y negro es el vino y la uva y la sangre roja, y rojo el ardor y los ríos que fluyen bajo tu falda, pero no son rojos el fuego de la playa, ni las hojas encendidas por el sol en el cielo, ni los vellos de tu pubis embriagadora. No. Son del color del whiskey, del estupendo y lúcido whiskey... "Ya es cosa sabida que si se escribe un mensaje con zumo de limón en una hoja de papel, no queda rastro de la escritura; pero si se expone el papel al fuego, las letras se vuelven de un color castaño y se puede leer lo escrito. Imaginad que el whisky es el fuego y que el mensaje está oculto en el alma de un hombre; entonces se comprenderá el valor del licor de miss Amelia" (2)
Lleno el vaso hasta el borde y lo bebo de un sólo trago. Una violenta arcada quiere devolverlo, pero la fuerza de mi garganta lo empuja de vuelta al estómago. La gracia está de nuevo conmigo, no puedo sostenerme, ni escribir más. La ventana estalla en mil pedazos. El humo abundante, puede observarse desde cualquier colina de esta cualquier ciudad. Una torre herida por el fuego de la guerra.

(1) Give me back my broken night/ my mirrored room, my secret life (... ) Give me crack and anal sex. The Future- Leonard Cohen
(2). fragmento extraído de la novela: La balada del Café Triste de Carson McCullers.

http://www.youtube.com/watch?v=1UDE0Bu9bRk&feature=related


lunes, 6 de septiembre de 2010

About the sky

A mis 7 años el Cometa Halley atravesó los cielos terrestres, la niebla de Tunja no nos permitió verlo y mi hermano y yo nos dormimos muy decepcionados. Recuerdo que al otro día, en el noticiero, dijeron que un fenómeno similar sólo se registraría en la Tierra 87 años después. Recuerdo que conté con mis deditos la cifra absurda y muerto del susto, supe que estaría muerto para entonces.

A mis 11, vi el primer eclipse lunar y recuerdo que la luna era una naranja de sangre desgajándose en el cielo. La sangre de la luna se mezclaba con los hilos grises de las nubes y yo, envuelto en una cobija de lana, trepado en un árbol de durazno,  soñaba con los ojos abiertos planetas colmados de seres extraños en otros sistemas solares. 
Mi madre, a esas horas de la noche, solía moldear chocolates en la cocina. Vertía el dulce derretido sobre corazones de cocó, maní y uvas pasas. Al desocupar la olla, solía llamarnos y aquella noche no fue la excepción. Mi hermano, mi hermana y yo, dimos la última bocanada al cielo sanguíneo,  corrimos hasta la cocina y nos entregamos con pasión a los rastros de chocolate en la olla de aluminio. 
Así de sencilla era la felicidad.

A los 18, omití las recomendaciones de la prensa y observé de frente un eclipse total de sol. Eran cerca de las 2 de la tarde. No quedé ciego, pero la luz violeta, que por breves instantes, envolvió las bancas y los árboles del parque, aún resplandece bajo mi piel. Recuerdo a algún vecino observando el eclipse en un platón de agua y señalándole a su hija las pequeñas olas iridiscentes.

A los 30 años, mientras dormía la siesta de los justos, cayó un meteorito del cielo y un fragor de siete truenos me despertó. Supe, como hacía tiempo no sabía nada, que estaba vivo. Mi papá me invitó a escuchar la noticia y nos enteramos que el cráter, ubicado en las estribaciones del Cañón del Chicamocha, tenía un diámetro de 100 metros. En su choque contra la tierra, la roca hizo volar en pedazos varias vacas que pastaban en la montaña.
Eso fue lo que dijeron en la radio aquel día.
Sin embargo, extrañamente, pasadas las semanas nadie volvió hablar del tema y el asunto cayó en el pozo sin palabras del olvido.
http://www.youtube.com/watch?v=FAYHTES4whs

viernes, 14 de mayo de 2010

Sobre Bob Geldof (Música en Cartagena)

“El Rock es en esencia la música de la frustración, la de los pobres que quieren ser parte del sistema, la de los punks británicos, la de los negros, la de los bluesman aullando en los bares, el rock es en esencia la música de los frustrados”. BOB GELDOF

Cartagena:

Un jueves 25 de enero de 2007

Hay una fila muy larga que se desprende de la entrada de la Plaza de la Aduana, atraviesa la plazoleta de La Torre del Reloj y gira extendiéndose indefinidamente por una de las esquinas de la Plazoleta Los Coches. Son las 8 y 30 de la noche y el concierto aún no empieza. La fila es gruesa. Hay gente venida de todo lado: de Colombia, de afuera de ella. La gente está relajada a pesar del calor y el tumulto, algunos beben ron, otros hablan, otros sólo esperan. Cómo diablos no estar relajado a orillas del Caribe me digo y rompo la fila para comprar una cerveza. Voy Donde Fidel, un bar de salsa brava y ritmos cubanos en la esquina de la Plaza. Está sonando algún endiablado Bugalow y mis piernas empiezan a moverse por su propia voluntad. Escruto la posición de mis amigos en la fila y tengo tiempo como para repasar las fotografías de los muros. Una de las fotos muestra a Celia Cruz joven, poderosamente negra y de nuevo, mis piernas tiemblan. Pienso en los barcos que algún día llegaron a las costas colombianas cargados de afro- descendientes. Pienso en el blues y me río porque qué ridiculez es eso de relacionar el blues con Cartagena, pero sigo pensando en el Caribe y en el blues que nació mucho más arriba, en el delta del Mississippi, en ese vertedero que se sume en ese gran Azul algo podrido que nos une geográficamente y entonces, sobrevuelo Cuba, República Dominicana, Colombia y pienso en los primeros vallenatos; los que nacían de los versos de los campesinos del César y la Guajira, para poner un poco de color a la labranza de los días, así como lo hicieron los esclavos que trabajaban en los algodonales de Louisiana. Entonces ya no me parece ridículo relacionar el blues con Cartagena, entonces me doy cuenta que esta noche todo es música: las Murallas son un sangriento flamenco, la mona inmensa que está a mi lado es una polka arrebatada, un viejo costeño sigue a Justo Betancourt con la clave de madera, mis amigos que esperan en la fila son una rara mezcla de guabina y trash metal. Veo que mis amigos ya están muy próximos a la entrada, desocupo la botella de un sorbo, le sonrío a la fotografía de Celia Cruz y me muevo rápido para entrar al concierto que abre las noches del Hay Festival en Cartagena: el concierto del músico Irlandés Bob Geldof.

¿Quién es Bob Geldof?

Cuando uno piensa en Bob Geldof, las imágenes de la película The Wall de Pink Floyd (Alan Parker, 1982) aparecen en la pantalla del teatro mental. El sonido de “In the flesh?” empieza a tragárselo todo y la historia de Pink, encarnado por Bob Geldof, nos narra su dolor y locura. Si algo sabemos inicialmente de Bob Geldof, es sobre su protagónico en The Wall. Si algo ignoramos es que este hombre se llama en realidad Robert Frederick Zenon, nació en Irlanda a mediados de los 50´s y creció en medio de la pobreza irlandesa y en su juventud formó el grupo punk llamado The Boomtown Rats (1975), como antídoto a la injusticia social en la que vivía y que influidos por bandas como The Sex Pistols, pasaron de la pura energía y agresividad punk de sus primeros trabajos, a un sonido más liviano pero aún provocador de “I Don’t Like Mondays”.

En el otoño de 1984 tras años de dedicación a la música, con un relativo reconocimiento en Europa y nula aceptación en los Estados Unidos, Bob Geldof preocupado por su situación económica y el futuro de su familia, llegó a su apartamento en Londres y agobiado se sentó a ver la televisión junto a su esposa, en lo que parecía otra noche común y corriente en la vida del músico. Esa noche Bob Geldof vio un documental de la BBC sobre la pobreza en Etiopía (realizado por Mohammed Amin) y este hecho lo conmocionó a tal punto que lo llevó a coordinar un single benéfico, “Do They Know It Is Christmas”. Esa misma noche Geldof hizo unas cuantas llamadas a sus amigos, y reunió al final un buen número de estrellas del pop británico quienes grabarían el single bajo el nombre de Band Aid y lo convertirían en el más vendido en toda la historia de Inglaterra.

Para esa época Bob Geldof planeó un enorme concierto benéfico que se convertiría en el Live Aid; dos conciertos impresionantes que se llevaron a cabo en el estadio de Wembley y en el estadio JFK de Filadelfia, el día 13 de Julio de 1985. La recaudación fue millonaria y ésta fue distribuida con el fin de aliviar la pobreza en África. Lo que en el Reino Unido fue “Do They Know It Is Christmas” en USA se convirtió en WE ARE THE CHILDREN, en ventas multimillonarias, ni más faltaba, y en cientos de fotos de Michael Jackson y Stevie Wonder sonrientes y dichosos.

Veinte años después, en julio de 2005, Bob Geldof fue el artífice de los multitudinarios conciertos del Live 8 que fueron realizados simultáneamente en 10 ciudades del mundo y que convocaron cerca de 3 billones de personas. Esto generó tal presión internacional que los miembros del G8 acordaron aumentar con creces su ayuda económica a varios países africanos. Este músico y activista político fue el hombre que se presentó un jueves 25 de enero de 2007, aquella noche Caribe en Cartagena.

El día que conocí a Bob Geldof

El Hay Festival, que fue llamado por Bill Clinton “The Woodstock of the mind”, se realiza en tres ciudades y en diferentes fechas: en Segovia (España) en el mes de septiembre, en Hay-on-wye (Wales) en mayo-junio (fue en esta ciudad donde nació el Hay Festival) y en Cartagena (Colombia) en enero. Este festival es famoso por reunir escritores de distintas latitudes y ponerlos a conversar alrededor de los géneros, técnicas e imaginarios de la literatura universal. El ambiente que se vive durante los días de festival es de frescura y familiaridad y por eso uno suele encontrarse a los escritores o músicos invitados, por las calles, en un bar, tomarse una foto y charlar con ellos.

La noche anterior al concierto de Geldof, nos encontrábamos departiendo en la Plaza San Diego (la pequeña plaza junto al Hotel Santa Clara) sobre una zona de restaurantes lujosos y bares en los cuales nunca nos tomaríamos una cerveza, cuando de repente un rumor de voces creció por el lugar al aparecer un hombre muy alto, muy blanco y muy flaco caminando hacía la tienda de la esquina: era Bob Geldof quien salía de la tienda y se sentaba en una de las largas bancas de cemento de la plaza. Allí estaba el desgarbado músico dándole cuenta a un paquete de papas fritas, imbuido en sus cosas, mirando el vacío caliente del Caribe y en actitud de quien espera a alguien.

Me acerqué, me senté y pregunté:

-Bob, ¿mañana qué vas tocar?- y acerqué la grabadora a su cara.

-Mis canciones por supuesto – me dijo con cierto orgullo.

- y de pronto… ¿vas a tocar un cover de Pink Floyd?- dije tomando conciencia de lo estúpida que era mi pregunta.

- No… sólo mis canciones, Pink Floyd no me gusta- y me miró como diciéndome otro más que cree que soy de Pink Floyd.

- Sé que nunca tocaste en Pink Floyd, pero bueno… el personaje en The Wall, es inevitable no relacionarte.

- Entiendo, pero ya te dije, no me gusta Pink Floyd- y se rascó una oreja algo impaciente.

- No te gusta Pink Floyd, ¿por qué?

-Porque yo soy Punk- me contestó Geldof y miró encima de mi cabeza buscando a alguien. Entonces acabé por arruinar la pequeña entrevista:

-Perfecto… entonces tocarás algún cover de The Ramones o Sex pistols- y retraí mi lengua, avergonzado, porque caí en cuenta que no conocía el trabajo de Geldof y entendí en un segundo la importancia de la responsabilidad periodística. Bob Geldof me miró con fastidio, miró encima de mi cabeza y se levantó:

-mi música es mejor que la de Ramones, lo siento chico debo irme- y fue a reunirse con una rubia que venía hacía él. Geldof desapareció y no lo volví a ver hasta la siguiente noche en el concierto de la Plaza de la Aduana.

Noche de 25 de enero

El lugar está lleno y dividido en dos. La parte VIP está organizada en hileras de sillas blancas que van colmándose con personas que en su mayoría usan guayaberas, pantalones y zapatos blancos. Pulula en VIP la clase alta de Cartagena y los cachacos adinerados. La segunda parte en la que está divida la audiencia, no tiene sillas, sólo aglomeraciones de manos, caderas y rostros: una cosa salvaje y desordenada, cervezas, cigarrillos y sudores. Bob Geldof salta al escenario acompañado de un buen número de músicos, la bulla, los chiflidos, las luces. Geldof se acerca al micrófono e improvisa algo en español: “Buenas noches, bienvenidos al Hay Festival… Voy hablar un poquito de Español… mi español es una mierda… esto es “Cuando viene la noche” when the night comes”. Y con esto Geldof inunda la noche con su primera canción, altas dosis de blues y country que se reparten en las siguientes canciones que cubren la primera mitad del concierto, luego Geldof varía y hace un poco de Reggae y los cuerpos se mueven bajo el cielo cartagenero y la sensualidad de la piel salpicada por los tramojazos rojos de la música. Sobre el final de este trance colectivo, Geldof nos da veinte minutos de música irlandesa y dan ganas de tomarse de los brazos y girar, sonidos celtas para rendirle tributo al Caribe que en un nivel extendido e imaginativo es el mismo Mediterráneo, los tambores africanos retumbando en el vientre, los violines irlandeses salivando el aire, las guitarras británicas desgarrando la noche y los bongoes cubanos impregnando los muslos de esas terribles ganas de bailar sobre la arena “…Por los íntimos dones que no enumero, por la música, misteriosa forma del tiempo”[1].



[1] Jorge Luis Borges, Otro Poema de los Dones.