martes, 29 de mayo de 2012
martes, 17 de abril de 2012
Cine y Literatura

Si uno le echa un vistazo a las películas galardonadas en los Premios Oscar, encontrará un gran número de adaptaciones de libros. En 1973, El Padrino, dirigida por Francis Ford Coppola y protagonizada por Marlon Brando, obtuvo la estatuilla por mejor película. En 1976, la ganadora fue Alguien Voló sobre el nido del Cuco, dirigida por Milos Forman y protagonizada por Jack Nicholson. En 1992, El silencio de los inocentes, dirigida por Jhonattan Demme y protagonizada por Jodie Foster y Anthony Hopkins, ganó el codiciado premio. La primera de las películas nombradas está basada en el libro El Padrino de Mario Puzo, la segunda en el libro de Ken Kesey y la tercera -la legendaria historia de Hannibal Lecter- en el libro de Thomas Harris. Tanto la obra literaria como la versión cinematográfica son conocidas en el mundo entero y sirven como ejemplo, para perfilar la intrínseca relación que existe entre cine y literatura.
Antes de la aparición de la fotografía, de la irrupción de las escenas en movimiento auspiciadas por los hermanos Lumière, los escritores del siglo XIX alcanzaron los máximos niveles de expresión literaria. Al leer a Flaubert, a Stendhal o a Dostoievsky, las descripciones minuciosas y perfectas de un paisaje o de un collar en el cuello de una mujer, abundaban para el placer y encanto de los lectores. En aquel siglo de Charles Dickens y Robert Louis Stevenson, era común que las familias se reunieran a leer en voz alta y en los puertos de las ciudades había que hacer filas interminables, para adquirir las novedades literarias venidas del otro lado del mundo. La literatura era la televisión y el cine de la época. La literatura suplía la necesidad de ficción que los seres humanos requieren día a día.
Con el cine y la televisión, la literatura perdió popularidad pero no vigencia e importancia. El primer formato que conocen las películas y las telenovelas es escrito. Un guion o un libreto son los puntos de partida de las grandes producciones actuales. Muchas de ellas, como se señaló en el primer párrafo, son adaptaciones de libros. Las similitudes y diferencias del lenguaje verbal y audiovisual son numerosas. La palabra ante todo nos remite a una imagen. Decir pájaro o árbol, más allá de los grafemas y fonemas, evoca la imagen de un flamenco, de una jacaranda o de cualquier forma que responda al concepto de pájaro y árbol. Decir trompeta o campana, nos refiere a los sonidos emitidos por estos objetos. Por lo tanto el lenguaje verbal es audiovisual y la relación entre cine y literatura, concreta.
Si en literatura el narrador puede ser una voz en primera, segunda o tercera persona; en cine el narrador es la cámara y los planos de la misma (plano detalle, primer plano, plano americano, etc) las voces que narran desde las imágenes. El cine y la literatura son dos lenguajes diferentes, pero fecundos y complementarios, que están a la orden de los creadores para hacer obra en doble vía. Cine basado en literatura o literatura cargada de elementos cinematográficos, como es común que suceda con los libros hoy día.
lunes, 9 de abril de 2012
Música y Literatura

En El perseguidor de Julio Cortázar, Johnny Carter asegura que la música le ayuda a entrar en el tiempo. Para explicarse, cuenta que al viajar en el metro de París e ir de una estación a otra, es capaz de recordar simultánea y detalladamente, los conciertos que ha dado, las caminatas y los rostros del viejo barrio, a su vieja haciendo compras, a la conversación con un amigo que habla de caballos, a otro de sus amigos tocando Save it pretty mamma; mientras él, Johnny Carter, músico consagrado de jazz, escucha y entiende cada nota y recuerda de nuevo a su vieja recitando una larguísima oración en la que incluye repollos y a su viejo desaparecido. Carter cuenta que esa catarata de pensamientos lo ocupó al menos quince minutos, pero se asombra al darse cuenta de que en realidad sólo le tomó minuto y medio, lapso que dura el recorrido de una estación a otra.
Johnny Carter explica todo lo anterior para mostrarle a Bruno que es lo que le sucede cada vez que toca el saxofón. El músico cuando toca su saxo desaparece de la realidad e ingresa en el tiempo de la música. Algo indefinible, intangible, infinito, incontable. Julio Cortázar el autor de este gran cuento, trabaja la música en su literatura de manera excepcional. Algunas veces, como en el ejemplo anterior la hace implícita y pone sobre el papel las sensaciones, sentimientos y efectos que ésta produce. Juega con ella dentro de su prosa y es por ello que encontramos capítulos enteros de Rayuela, en las que el ritmo de las palabras las convierte en música verbal, en un acompasado y armonioso fraseo, en donde el significado de las mismas no importa. Sólo su ritmo.
Si bien lo tácito de la música en literatura está presente en la obra de otros autores como Sábato o García Márquez (por citar sólo algunos), quienes emplean el tango y el vallenato como atmósfera de sus textos, sin emplear una sola letra de las canciones; la música en literatura también se relaciona de manera directa. Basta pensar para el caso colombiano en la obra de Andrés Caicedo. Su novela insigne ¡Que viva la música!, está colmada de letras entre otros, de los Rolling Stones, Mon Rivera, Richie Ray y Bobby Cruz, que el lector puede rastrear a placer en la discografía detallada que al final de la obra, el escritor caleño legó a melómanos y lectores.La música y la literatura van de la mano. El ritmo es el concepto que las hermana. Una buena obra literaria tiene ritmo. No en vano, varios decálogos para escribir aconsejan leer en voz alta lo que se escribe. Esa lectura a viva voz evidencia la gracia o la torpeza de la composición literaria. El autor debe decidir si quiere que ese ritmo y ese fondo sean de colores salseros, de mariachi, de bolero o de neo punk industrial. Hacerlo evidente o no, será una decisión fundamental que modificará el resultado de la pieza literaria.
martes, 1 de noviembre de 2011
Raymond Carver.

viernes, 15 de octubre de 2010
Whisky (Lado A) - Whiskey (Lado B)
http://www.youtube.com/watch?v=1UDE0Bu9bRk&feature=related
lunes, 6 de septiembre de 2010
About the sky
Eso fue lo que dijeron en la radio aquel día.
viernes, 14 de mayo de 2010
Sobre Bob Geldof (Música en Cartagena)
“El Rock es en esencia la música de la frustración, la de los pobres que quieren ser parte del sistema, la de los punks británicos, la de los negros, la de los bluesman aullando en los bares, el rock es en esencia la música de los frustrados”. BOB GELDOF
Cartagena:
Un jueves 25 de enero de 2007
Hay una fila muy larga que se desprende de la entrada de
¿Quién es Bob Geldof?
Cuando uno piensa en Bob Geldof, las imágenes de la película The Wall de Pink Floyd (Alan Parker, 1982) aparecen en la pantalla del teatro mental. El sonido de “In the flesh?” empieza a tragárselo todo y la historia de Pink, encarnado por Bob Geldof, nos narra su dolor y locura. Si algo sabemos inicialmente de Bob Geldof, es sobre su protagónico en The Wall. Si algo ignoramos es que este hombre se llama en realidad Robert Frederick Zenon, nació en Irlanda a mediados de los 50´s y creció en medio de la pobreza irlandesa y en su juventud formó el grupo punk llamado The Boomtown Rats (1975), como antídoto a la injusticia social en la que vivía y que influidos por bandas como The Sex Pistols, pasaron de la pura energía y agresividad punk de sus primeros trabajos, a un sonido más liviano pero aún provocador de “I Don’t Like Mondays”.
En el otoño de 1984 tras años de dedicación a la música, con un relativo reconocimiento en Europa y nula aceptación en los Estados Unidos, Bob Geldof preocupado por su situación económica y el futuro de su familia, llegó a su apartamento en Londres y agobiado se sentó a ver la televisión junto a su esposa, en lo que parecía otra noche común y corriente en la vida del músico. Esa noche Bob Geldof vio un documental de
Para esa época Bob Geldof planeó un enorme concierto benéfico que se convertiría en el Live Aid; dos conciertos impresionantes que se llevaron a cabo en el estadio de Wembley y en el estadio JFK de Filadelfia, el día 13 de Julio de 1985. La recaudación fue millonaria y ésta fue distribuida con el fin de aliviar la pobreza en África. Lo que en el Reino Unido fue “Do They Know It Is Christmas” en USA se convirtió en WE ARE THE CHILDREN, en ventas multimillonarias, ni más faltaba, y en cientos de fotos de Michael Jackson y Stevie Wonder sonrientes y dichosos.
Veinte años después, en julio de 2005, Bob Geldof fue el artífice de los multitudinarios conciertos del Live 8 que fueron realizados simultáneamente en 10 ciudades del mundo y que convocaron cerca de 3 billones de personas. Esto generó tal presión internacional que los miembros del G8 acordaron aumentar con creces su ayuda económica a varios países africanos. Este músico y activista político fue el hombre que se presentó un jueves 25 de enero de 2007, aquella noche Caribe en Cartagena.
El día que conocí a Bob Geldof
El Hay Festival, que fue llamado por Bill Clinton “The Woodstock of the mind”, se realiza en tres ciudades y en diferentes fechas: en Segovia (España) en el mes de septiembre, en Hay-on-wye (Wales) en mayo-junio (fue en esta ciudad donde nació el Hay Festival) y en Cartagena (Colombia) en enero. Este festival es famoso por reunir escritores de distintas latitudes y ponerlos a conversar alrededor de los géneros, técnicas e imaginarios de la literatura universal. El ambiente que se vive durante los días de festival es de frescura y familiaridad y por eso uno suele encontrarse a los escritores o músicos invitados, por las calles, en un bar, tomarse una foto y charlar con ellos.
La noche anterior al concierto de Geldof, nos encontrábamos departiendo en
Me acerqué, me senté y pregunté:
-Bob, ¿mañana qué vas tocar?- y acerqué la grabadora a su cara.
-Mis canciones por supuesto – me dijo con cierto orgullo.
- y de pronto… ¿vas a tocar un cover de Pink Floyd?- dije tomando conciencia de lo estúpida que era mi pregunta.
- No… sólo mis canciones, Pink Floyd no me gusta- y me miró como diciéndome otro más que cree que soy de Pink Floyd.
- Sé que nunca tocaste en Pink Floyd, pero bueno… el personaje en The Wall, es inevitable no relacionarte.
- Entiendo, pero ya te dije, no me gusta Pink Floyd- y se rascó una oreja algo impaciente.
- No te gusta Pink Floyd, ¿por qué?
-Porque yo soy Punk- me contestó Geldof y miró encima de mi cabeza buscando a alguien. Entonces acabé por arruinar la pequeña entrevista:
-Perfecto… entonces tocarás algún cover de The Ramones o Sex pistols- y retraí mi lengua, avergonzado, porque caí en cuenta que no conocía el trabajo de Geldof y entendí en un segundo la importancia de la responsabilidad periodística. Bob Geldof me miró con fastidio, miró encima de mi cabeza y se levantó:
-mi música es mejor que la de Ramones, lo siento chico debo irme- y fue a reunirse con una rubia que venía hacía él. Geldof desapareció y no lo volví a ver hasta la siguiente noche en el concierto de
Noche de 25 de enero
El lugar está lleno y dividido en dos. La parte VIP está organizada en hileras de sillas blancas que van colmándose con personas que en su mayoría usan guayaberas, pantalones y zapatos blancos. Pulula en VIP la clase alta de Cartagena y los cachacos adinerados. La segunda parte en la que está divida la audiencia, no tiene sillas, sólo aglomeraciones de manos, caderas y rostros: una cosa salvaje y desordenada, cervezas, cigarrillos y sudores. Bob Geldof salta al escenario acompañado de un buen número de músicos, la bulla, los chiflidos, las luces. Geldof se acerca al micrófono e improvisa algo en español: “Buenas noches, bienvenidos al Hay Festival… Voy hablar un poquito de Español… mi español es una mierda… esto es “Cuando viene la noche” when the night comes”. Y con esto Geldof inunda la noche con su primera canción, altas dosis de blues y country que se reparten en las siguientes canciones que cubren la primera mitad del concierto, luego Geldof varía y hace un poco de Reggae y los cuerpos se mueven bajo el cielo cartagenero y la sensualidad de la piel salpicada por los tramojazos rojos de la música. Sobre el final de este trance colectivo, Geldof nos da veinte minutos de música irlandesa y dan ganas de tomarse de los brazos y girar, sonidos celtas para rendirle tributo al Caribe que en un nivel extendido e imaginativo es el mismo Mediterráneo, los tambores africanos retumbando en el vientre, los violines irlandeses salivando el aire, las guitarras británicas desgarrando la noche y los bongoes cubanos impregnando los muslos de esas terribles ganas de bailar sobre la arena “…Por los íntimos dones que no enumero, por la música, misteriosa forma del tiempo”[1].
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