martes, 29 de abril de 2014

Un recodo solitario de la noche


Y aquel sábado, el hombre llegó muy puntual a la cita. 
Llevaba un racimo de flores coloridas, media botella de whisky y un paquete de condones, como signo de buen presagio, como símbolo de un anhelo confesado un par de años atrás. La esperó, mientras recordaba los mechones rojos de su pelo. Atrapados en una colita de caballo, estirándole la piel rosada de la frente, o sueltos y alborotados recortando fragmentos del cielo azul sin nubes. Tantas noches había fantaseado con ese escándalo rojizo cabalgándolo con voracidad. Con esos largos y ondulados cabellos descansando en la almohada junto a él. 
Soñaba que la despertaba acariciándole la oreja. Primero con el índice y el pulgar, luego con los labios y la lengua, luego con los dientes eléctricos que le hollaban en puntas la piel, mientras la giraba por la cintura hacia él, descubriendo las portentosas nalgas, al grueso animal que la esperaba bajo las sábanas. 

Supo que habían pasado tres horas desde que la esperaba. La noche estaba cerrada. Un velo rosado descansaba sobre los techos de la ciudad. La botella de whisky yacía rota en incontables pedazos sobre el pavimento.  Encendió un fósforo y acercó su lumbre a las flores coloridas, y como si fueran cigarrillos, fumó varias veces de sus brasas. Caminó en busca de un puente peatonal, sosteniendo con una de sus manos, un racimo de flores humeantes, al que le sacaba bocanadas de colores. Se instaló en medio del puente y observó la lejanía en donde parecía terminar la autopista. Sacó los condones y los infló con el humo de las flores carbonizadas. Abrió sus manos y los dejó irse. La brisa se fue llevando los globos de latex, como fantasmas obesos, perdidos en un recodo solitario de la noche. 

martes, 17 de abril de 2012

Cine y Literatura


Si uno le echa un vistazo a las películas galardonadas en los Premios Oscar, encontrará un gran número de adaptaciones de libros. En 1973, El Padrino, dirigida por Francis Ford Coppola y protagonizada por Marlon Brando, obtuvo la estatuilla por mejor película. En 1976, la ganadora fue Alguien Voló sobre el nido del Cuco, dirigida por Milos Forman y protagonizada por Jack Nicholson. En 1992, El silencio de los inocentes, dirigida por Jhonattan Demme y protagonizada por Jodie Foster y Anthony Hopkins, ganó el codiciado premio. La primera de las películas nombradas está basada en el libro El Padrino de Mario Puzo, la segunda en el libro de Ken Kesey y la tercera -la legendaria historia de Hannibal Lecter- en el libro de Thomas Harris. Tanto la obra literaria como la versión cinematográfica son conocidas en el mundo entero y sirven como ejemplo, para perfilar la intrínseca relación que existe entre cine y literatura.

Antes de la aparición de la fotografía, de la irrupción de las escenas en movimiento auspiciadas por los hermanos Lumière, los escritores del siglo XIX alcanzaron los máximos niveles de expresión literaria. Al leer a Flaubert, a Stendhal o a Dostoievsky, las descripciones minuciosas y perfectas de un paisaje o de un collar en el cuello de una mujer, abundaban para el placer y encanto de los lectores. En aquel siglo de Charles Dickens y Robert Louis Stevenson, era común que las familias se reunieran a leer en voz alta y en los puertos de las ciudades había que hacer filas interminables, para adquirir las novedades literarias venidas del otro lado del mundo. La literatura era la televisión y el cine de la época. La literatura suplía la necesidad de ficción que los seres humanos requieren día a día.

Con el cine y la televisión, la literatura perdió popularidad pero no vigencia e importancia. El primer formato que conocen las películas y las telenovelas es escrito. Un guion o un libreto son los puntos de partida de las grandes producciones actuales. Muchas de ellas, como se señaló en el primer párrafo, son adaptaciones de libros. Las similitudes y diferencias del lenguaje verbal y audiovisual son numerosas. La palabra ante todo nos remite a una imagen. Decir pájaro o árbol, más allá de los grafemas y fonemas, evoca la imagen de un flamenco, de una jacaranda o de cualquier forma que responda al concepto de pájaro y árbol. Decir trompeta o campana, nos refiere a los sonidos emitidos por estos objetos. Por lo tanto el lenguaje verbal es audiovisual y la relación entre cine y literatura, concreta.

Si en literatura el narrador puede ser una voz en primera, segunda o tercera persona; en cine el narrador es la cámara y los planos de la misma (plano detalle, primer plano, plano americano, etc) las voces que narran desde las imágenes. El cine y la literatura son dos lenguajes diferentes, pero fecundos y complementarios, que están a la orden de los creadores para hacer obra en doble vía. Cine basado en literatura o literatura cargada de elementos cinematográficos, como es común que suceda con los libros hoy día.

lunes, 9 de abril de 2012

Música y Literatura


En El perseguidor de Julio Cortázar, Johnny Carter asegura que la música le ayuda a entrar en el tiempo. Para explicarse, cuenta que al viajar en el metro de París e ir de una estación a otra, es capaz de recordar simultánea y detalladamente, los conciertos que ha dado, las caminatas y los rostros del viejo barrio, a su vieja haciendo compras, a la conversación con un amigo que habla de caballos, a otro de sus amigos tocando Save it pretty mamma; mientras él, Johnny Carter, músico consagrado de jazz, escucha y entiende cada nota y recuerda de nuevo a su vieja recitando una larguísima oración en la que incluye repollos y a su viejo desaparecido. Carter cuenta que esa catarata de pensamientos lo ocupó al menos quince minutos, pero se asombra al darse cuenta de que en realidad sólo le tomó minuto y medio, lapso que dura el recorrido de una estación a otra.

Johnny Carter explica todo lo anterior para mostrarle a Bruno que es lo que le sucede cada vez que toca el saxofón. El músico cuando toca su saxo desaparece de la realidad e ingresa en el tiempo de la música. Algo indefinible, intangible, infinito, incontable. Julio Cortázar el autor de este gran cuento, trabaja la música en su literatura de manera excepcional. Algunas veces, como en el ejemplo anterior la hace implícita y pone sobre el papel las sensaciones, sentimientos y efectos que ésta produce. Juega con ella dentro de su prosa y es por ello que encontramos capítulos enteros de Rayuela, en las que el ritmo de las palabras las convierte en música verbal, en un acompasado y armonioso fraseo, en donde el significado de las mismas no importa. Sólo su ritmo.

Si bien lo tácito de la música en literatura está presente en la obra de otros autores como Sábato o García Márquez (por citar sólo algunos), quienes emplean el tango y el vallenato como atmósfera de sus textos, sin emplear una sola letra de las canciones; la música en literatura también se relaciona de manera directa. Basta pensar para el caso colombiano en la obra de Andrés Caicedo. Su novela insigne ¡Que viva la música!, está colmada de letras entre otros, de los Rolling Stones, Mon Rivera, Richie Ray y Bobby Cruz, que el lector puede rastrear a placer en la discografía detallada que al final de la obra, el escritor caleño legó a melómanos y lectores.

La música y la literatura van de la mano. El ritmo es el concepto que las hermana. Una buena obra literaria tiene ritmo. No en vano, varios decálogos para escribir aconsejan leer en voz alta lo que se escribe. Esa lectura a viva voz evidencia la gracia o la torpeza de la composición literaria. El autor debe decidir si quiere que ese ritmo y ese fondo sean de colores salseros, de mariachi, de bolero o de neo punk industrial. Hacerlo evidente o no, será una decisión fundamental que modificará el resultado de la pieza literaria.

martes, 1 de noviembre de 2011

Raymond Carver.


Hay varios escritores a los que se llega motivado por la curiosidad de husmear en sus vidas. Conocer con detalle los episodios dignos de una novela trágica, de un relato matizado por la gloria y por las más duras caídas al abismo. Llegamos a ellos con la idea de corroborar aquello que hemos escuchado o leído en pasillos o revistas. Tan pronto empezamos a hurgar en sus biografías, nos damos cuenta que muchas de las cosas de las que nos hemos enterado, han sido exageradas con entusiasmo por varias generaciones de lectores. Edgar Allan Poe, Virginia Woolf u Oscar Wilde, para el caso internacional; Raúl Gómez Jattín, Andrés Caicedo y Porfirio Barba Jacob por citar algunos del nacional. Vidas de escritores colmadas de escándalos, dramatismo y dolor, que lograron en medio de la borrasca, obras memorables que continúan conmoviéndonos.
Finalmente lo que queda es la obra y es lo que realmente importa. Cuando la leemos con cuidado, entendemos que allí mismo está cifrada la biografía del autor. Este es el caso de Raymond Carver, el mejor cuentista norteamericano de las últimas décadas. A menudo comparado, nada más ni nada menos con Ánton Chejov, Raymond Carver dejó una producción cuentística en la que nos adentramos, gracias a su técnica y tono, a las profundidades del corazón humano.
Carver murió prematuramente, demolido por el cáncer, en 1988 cuando tenía 50 años. Se encontraba en la cima de su carrera literaria y sus cuentos conocían traducciones a múltiples idiomas y eran una constante aparición en revistas de talla mundial como “The New yorker” y “París Review”. Había padecido un divorcio y la separación de sus hijos, a causa de un alcoholismo que lo llevó a deambular en lo más bajo de la miseria humana. Los médicos lo desahuciaron. No le daban más de seis meses de vida si continuaba con aquel estilo de vida. Raymond Carver logró recuperarse de su alcoholismo y lo que iba a ser seis meses, según los médicos, se convirtió en diez años, en los que el escritor decidió vivir sobrio, lúcido y dedicado a la literatura.
En su obra es frecuente encontrar relatos de hombres ebrios y desechos, atrapados en sus adicciones y manías. Abundan los conflictos entre marido y mujer, matrimonios que se desgajan por la rutina, vidas de pareja que se van por la alcantarilla a causa de un aburrimiento irreversible que va colmando la vida matrimonial. También la amargura de las relaciones familiares, condicionadas por los lazos de sangre, encontró en la obra de Carver expresión literaria. Este escritor relató con total honestidad, el fastidio y las pequeñas batallas que acompañan las relaciones entre hermanos, padres e hijos.
Con títulos como De qué hablamos cuando hablamos de amor, Quieres hacer el favor de callarte o Tres rosas amarillas, los libros de Raymond Carver nos conducen por catástrofes cotidianas en la que los personajes- gente de lo más común- se enfrentan a su propia familia y a sí mismos, en ambientes colmados de resignación, tan habituales a nuestros días. Estos libros de cuentos describen nuestra vida contemporánea, nos ponen en primera fila ante el desasosiego y la frustración de las relaciones humanas, nos dejan ante la conmoción de saber un poco más sobre nosotros mismos, sobre nuestra pareja, sobre nuestra familia.
Si un libro de cuentos es capaz de hacer eso, bien vale la pena leerlo y asomarnos -gracias la técnica directa y sin adornos del cuentista norteamericano- a las contradicciones de nuestra condición humana actual.

viernes, 15 de octubre de 2010

Whisky (Lado A) - Whiskey (Lado B)

Whisky
(Lado A)

Esta bebida que en las buenas casas productoras, no altera su método y técnica desde hace más de un siglo, es de la que me dispongo a hablar. Bueno, a mal hablar, porque desde hace muy poco (anoche) es que me he puesto en la tarea de disfrutarla. El whisky, que en un principio (finales del XVIII) fue la bebida predilecta de campesinos en Europa (debido al alza indiscriminada de los brandis franceses) años después se convertiría en la bebida preferida de la Reina Victoria, que no concebía la hora del té, sin un buen chorrito de whisky. La marca preferida de la tatarabuela del Rey Juan Carlos, fue la fabricada por los hermanos Chivas. James y John Chivas fueron unos comerciantes esmerados, que pasaban las horas atendiendo una venta de comestibles y bebidas en Aberdeen Escocia. Los hermanos Chivas, eran conocidos por vender productos de alta calidad: especias traídas de oriente, quesos y brandys franceses e incluso, frutas y ron del Caribe. Pero los hermanos Chivas, no contaban con un whisky que estuviese a la altura de los demás néctares. Es por ello que se pusieron a la tarea de producir whiskys de malta y granos secos en la primera mitad del XIX. Una vez que la Reina Victoria probó el delicioso producto, quedó prendada y nombró oficialmente a la Casa de James y John, como la proveedora oficial de su Castillo de Balmoral. En alguno de los grandes salones, los aristócratas británicos de la época, seguramente desanudaron corsés, arrancaron pelucas y corrieron como monos extasiados, bajo la algarabía lúcida que producía el Scotch.
Si se escribe Whisky es porque hacemos referencia a los producidos en Escocia, Canadá y Japón, bebidas que generalmente se elaboran a partir de cebadas malteadas y granos secos. Si escribimos Whiskey, hablamos del producido en USA y del gran aporte gringo al whisky europeo: el maíz. La mayoría de whiskeys (entre ellos el inolvidable Jack Daniel´s) están hechos con base en maíz y centeno. Por ello es que reciben el nombre de bourbon. Así que si alguien busca impresionarnos con esta sencilla diferenciación, bien podemos ponerlo en su sitio y pedirle que levante su vaso, deje de pavonearse y diga salud.
En la novela El Gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald, asistimos junto a Nick Carraway, a las descomunales fiestas ofrecidas por Jay Gatsby en su lujosa casa de West Egg. Allí,las bandas de jazz (tipo Duke Ellington) y los ríos de whiskey (tipo bourbon) embriagan a los personajes y a la noche de una magia vital. Son los “locos años veinte” y la decadencia, los excesos y el buen gusto caminan de la mano. Hay un pasaje en el que el narrador nos cuenta una borrachera con whiskey a las tres de la tarde. Nick Carraway flota en la gracia junto a dos mujeres de vestidos cortos de volantes, sombreros con malla y pitillos plateados y humeantes en sus bocas. Son las tres de la tarde en un hotel de la 5th avenida y las volutas azules que ascienden en el vacío, pueden ser contempladas en su justa belleza, gracias a la dichosa embriaguez del bourbon. Aquel que se haya embriagado en horas prohibidas (digamos a las 9 de la mañana) sabrá de qué diablos estamos hablando.

Ahora, dejando a un lado las gotas de historia y literatura, es el momento para servirse un buen whisky (o whiskey) poner algún disco favorito, sentarse muy relajado y mirar lo que se venga en gana, aspirar sutilmente el aroma madurado, llevarse el vaso a la boca, dejar que el licor se pose unos instantes en la lengua y empujarlo suavemente tras de ella.

Whiskey
(Lado B)

Abriré una botella y beberé un largo sorbo que encienda mis tripas. Sólo con el aliento y los ojos llenos de llamas es digno escribir algo. Hay muchas cosas por las que he pasado, pero ninguna de ellas significa nada, si no es vista a través del filtro sumergido del alcohol. Cada una de mis experiencias cobra sentido luego de ser reflexionada en alguna juerga de botellas rotas y litros de licor. Así funciona el mundo. Así funciona el mío.

Una ventana de cualquier edificio de cualquier ciudad expele un fulgor rojizo. Las 2 y 55 de la mañana y alguien adentro prendió fuego a las sábanas de la cama "Devuélveme mi noche rota, mi sala de espejos, mi vida secreta, dame crack y sexo anal"(1).
La sangre fluye y se revienta contra mi cráneo, la marea roja trae la imagen de su cuerpo vencido. Un cuerpo fresco y con olor a cebada malteada. Si las cosas van bien, es cuestión de tiempo para que los cuerpos abran sus accesos y permitan la lubricación de la sensualidad y el abandono. El humo sale apretado por los bordes de la ventana, la temperatura disparada en la estructura del edificio, la alarma contra incendios. Te tomo del cabello y sobre la puerta de la habitación, grabo en tu espalda nuestra tregua provisional. Enciendo un cigarrillo y sirvo otro trago de whiskey. Trago de whiskey. Whiskey. Los bultos en las venas hablan de una creciente hipertensión, recuerdo que dijiste que preferías tener la sangre acelerada a tenerla muerta. ¿Sabes de qué color es la sangre a la luz de la luna? Negra. Y negro es el vino y la uva y la sangre roja, y rojo el ardor y los ríos que fluyen bajo tu falda, pero no son rojos el fuego de la playa, ni las hojas encendidas por el sol en el cielo, ni los vellos de tu pubis embriagadora. No. Son del color del whiskey, del estupendo y lúcido whiskey... "Ya es cosa sabida que si se escribe un mensaje con zumo de limón en una hoja de papel, no queda rastro de la escritura; pero si se expone el papel al fuego, las letras se vuelven de un color castaño y se puede leer lo escrito. Imaginad que el whisky es el fuego y que el mensaje está oculto en el alma de un hombre; entonces se comprenderá el valor del licor de miss Amelia" (2)
Lleno el vaso hasta el borde y lo bebo de un sólo trago. Una violenta arcada quiere devolverlo, pero la fuerza de mi garganta lo empuja de vuelta al estómago. La gracia está de nuevo conmigo, no puedo sostenerme, ni escribir más. La ventana estalla en mil pedazos. El humo abundante, puede observarse desde cualquier colina de esta cualquier ciudad. Una torre herida por el fuego de la guerra.

(1) Give me back my broken night/ my mirrored room, my secret life (... ) Give me crack and anal sex. The Future- Leonard Cohen
(2). fragmento extraído de la novela: La balada del Café Triste de Carson McCullers.

http://www.youtube.com/watch?v=1UDE0Bu9bRk&feature=related


lunes, 6 de septiembre de 2010

About the sky

A mis 7 años el Cometa Halley atravesó los cielos terrestres, la niebla de Tunja no nos permitió verlo y mi hermano y yo nos dormimos muy decepcionados. Recuerdo que al otro día, en el noticiero, dijeron que un fenómeno similar sólo se registraría en la Tierra 87 años después. Recuerdo que conté con mis deditos la cifra absurda y muerto del susto, supe que estaría muerto para entonces.

A mis 11, vi el primer eclipse lunar y recuerdo que la luna era una naranja de sangre desgajándose en el cielo. La sangre de la luna se mezclaba con los hilos grises de las nubes y yo, envuelto en una cobija de lana, trepado en un árbol de durazno,  soñaba con los ojos abiertos planetas colmados de seres extraños en otros sistemas solares. 
Mi madre, a esas horas de la noche, solía moldear chocolates en la cocina. Vertía el dulce derretido sobre corazones de cocó, maní y uvas pasas. Al desocupar la olla, solía llamarnos y aquella noche no fue la excepción. Mi hermano, mi hermana y yo, dimos la última bocanada al cielo sanguíneo,  corrimos hasta la cocina y nos entregamos con pasión a los rastros de chocolate en la olla de aluminio. 
Así de sencilla era la felicidad.

A los 18, omití las recomendaciones de la prensa y observé de frente un eclipse total de sol. Eran cerca de las 2 de la tarde. No quedé ciego, pero la luz violeta, que por breves instantes, envolvió las bancas y los árboles del parque, aún resplandece bajo mi piel. Recuerdo a algún vecino observando el eclipse en un platón de agua y señalándole a su hija las pequeñas olas iridiscentes.

A los 30 años, mientras dormía la siesta de los justos, cayó un meteorito del cielo y un fragor de siete truenos me despertó. Supe, como hacía tiempo no sabía nada, que estaba vivo. Mi papá me invitó a escuchar la noticia y nos enteramos que el cráter, ubicado en las estribaciones del Cañón del Chicamocha, tenía un diámetro de 100 metros. En su choque contra la tierra, la roca hizo volar en pedazos varias vacas que pastaban en la montaña.
Eso fue lo que dijeron en la radio aquel día.
Sin embargo, extrañamente, pasadas las semanas nadie volvió hablar del tema y el asunto cayó en el pozo sin palabras del olvido.
http://www.youtube.com/watch?v=FAYHTES4whs

viernes, 14 de mayo de 2010

Sobre Bob Geldof (Música en Cartagena)

“El Rock es en esencia la música de la frustración, la de los pobres que quieren ser parte del sistema, la de los punks británicos, la de los negros, la de los bluesman aullando en los bares, el rock es en esencia la música de los frustrados”. BOB GELDOF

Cartagena:

Un jueves 25 de enero de 2007

Hay una fila muy larga que se desprende de la entrada de la Plaza de la Aduana, atraviesa la plazoleta de La Torre del Reloj y gira extendiéndose indefinidamente por una de las esquinas de la Plazoleta Los Coches. Son las 8 y 30 de la noche y el concierto aún no empieza. La fila es gruesa. Hay gente venida de todo lado: de Colombia, de afuera de ella. La gente está relajada a pesar del calor y el tumulto, algunos beben ron, otros hablan, otros sólo esperan. Cómo diablos no estar relajado a orillas del Caribe me digo y rompo la fila para comprar una cerveza. Voy Donde Fidel, un bar de salsa brava y ritmos cubanos en la esquina de la Plaza. Está sonando algún endiablado Bugalow y mis piernas empiezan a moverse por su propia voluntad. Escruto la posición de mis amigos en la fila y tengo tiempo como para repasar las fotografías de los muros. Una de las fotos muestra a Celia Cruz joven, poderosamente negra y de nuevo, mis piernas tiemblan. Pienso en los barcos que algún día llegaron a las costas colombianas cargados de afro- descendientes. Pienso en el blues y me río porque qué ridiculez es eso de relacionar el blues con Cartagena, pero sigo pensando en el Caribe y en el blues que nació mucho más arriba, en el delta del Mississippi, en ese vertedero que se sume en ese gran Azul algo podrido que nos une geográficamente y entonces, sobrevuelo Cuba, República Dominicana, Colombia y pienso en los primeros vallenatos; los que nacían de los versos de los campesinos del César y la Guajira, para poner un poco de color a la labranza de los días, así como lo hicieron los esclavos que trabajaban en los algodonales de Louisiana. Entonces ya no me parece ridículo relacionar el blues con Cartagena, entonces me doy cuenta que esta noche todo es música: las Murallas son un sangriento flamenco, la mona inmensa que está a mi lado es una polka arrebatada, un viejo costeño sigue a Justo Betancourt con la clave de madera, mis amigos que esperan en la fila son una rara mezcla de guabina y trash metal. Veo que mis amigos ya están muy próximos a la entrada, desocupo la botella de un sorbo, le sonrío a la fotografía de Celia Cruz y me muevo rápido para entrar al concierto que abre las noches del Hay Festival en Cartagena: el concierto del músico Irlandés Bob Geldof.

¿Quién es Bob Geldof?

Cuando uno piensa en Bob Geldof, las imágenes de la película The Wall de Pink Floyd (Alan Parker, 1982) aparecen en la pantalla del teatro mental. El sonido de “In the flesh?” empieza a tragárselo todo y la historia de Pink, encarnado por Bob Geldof, nos narra su dolor y locura. Si algo sabemos inicialmente de Bob Geldof, es sobre su protagónico en The Wall. Si algo ignoramos es que este hombre se llama en realidad Robert Frederick Zenon, nació en Irlanda a mediados de los 50´s y creció en medio de la pobreza irlandesa y en su juventud formó el grupo punk llamado The Boomtown Rats (1975), como antídoto a la injusticia social en la que vivía y que influidos por bandas como The Sex Pistols, pasaron de la pura energía y agresividad punk de sus primeros trabajos, a un sonido más liviano pero aún provocador de “I Don’t Like Mondays”.

En el otoño de 1984 tras años de dedicación a la música, con un relativo reconocimiento en Europa y nula aceptación en los Estados Unidos, Bob Geldof preocupado por su situación económica y el futuro de su familia, llegó a su apartamento en Londres y agobiado se sentó a ver la televisión junto a su esposa, en lo que parecía otra noche común y corriente en la vida del músico. Esa noche Bob Geldof vio un documental de la BBC sobre la pobreza en Etiopía (realizado por Mohammed Amin) y este hecho lo conmocionó a tal punto que lo llevó a coordinar un single benéfico, “Do They Know It Is Christmas”. Esa misma noche Geldof hizo unas cuantas llamadas a sus amigos, y reunió al final un buen número de estrellas del pop británico quienes grabarían el single bajo el nombre de Band Aid y lo convertirían en el más vendido en toda la historia de Inglaterra.

Para esa época Bob Geldof planeó un enorme concierto benéfico que se convertiría en el Live Aid; dos conciertos impresionantes que se llevaron a cabo en el estadio de Wembley y en el estadio JFK de Filadelfia, el día 13 de Julio de 1985. La recaudación fue millonaria y ésta fue distribuida con el fin de aliviar la pobreza en África. Lo que en el Reino Unido fue “Do They Know It Is Christmas” en USA se convirtió en WE ARE THE CHILDREN, en ventas multimillonarias, ni más faltaba, y en cientos de fotos de Michael Jackson y Stevie Wonder sonrientes y dichosos.

Veinte años después, en julio de 2005, Bob Geldof fue el artífice de los multitudinarios conciertos del Live 8 que fueron realizados simultáneamente en 10 ciudades del mundo y que convocaron cerca de 3 billones de personas. Esto generó tal presión internacional que los miembros del G8 acordaron aumentar con creces su ayuda económica a varios países africanos. Este músico y activista político fue el hombre que se presentó un jueves 25 de enero de 2007, aquella noche Caribe en Cartagena.

El día que conocí a Bob Geldof

El Hay Festival, que fue llamado por Bill Clinton “The Woodstock of the mind”, se realiza en tres ciudades y en diferentes fechas: en Segovia (España) en el mes de septiembre, en Hay-on-wye (Wales) en mayo-junio (fue en esta ciudad donde nació el Hay Festival) y en Cartagena (Colombia) en enero. Este festival es famoso por reunir escritores de distintas latitudes y ponerlos a conversar alrededor de los géneros, técnicas e imaginarios de la literatura universal. El ambiente que se vive durante los días de festival es de frescura y familiaridad y por eso uno suele encontrarse a los escritores o músicos invitados, por las calles, en un bar, tomarse una foto y charlar con ellos.

La noche anterior al concierto de Geldof, nos encontrábamos departiendo en la Plaza San Diego (la pequeña plaza junto al Hotel Santa Clara) sobre una zona de restaurantes lujosos y bares en los cuales nunca nos tomaríamos una cerveza, cuando de repente un rumor de voces creció por el lugar al aparecer un hombre muy alto, muy blanco y muy flaco caminando hacía la tienda de la esquina: era Bob Geldof quien salía de la tienda y se sentaba en una de las largas bancas de cemento de la plaza. Allí estaba el desgarbado músico dándole cuenta a un paquete de papas fritas, imbuido en sus cosas, mirando el vacío caliente del Caribe y en actitud de quien espera a alguien.

Me acerqué, me senté y pregunté:

-Bob, ¿mañana qué vas tocar?- y acerqué la grabadora a su cara.

-Mis canciones por supuesto – me dijo con cierto orgullo.

- y de pronto… ¿vas a tocar un cover de Pink Floyd?- dije tomando conciencia de lo estúpida que era mi pregunta.

- No… sólo mis canciones, Pink Floyd no me gusta- y me miró como diciéndome otro más que cree que soy de Pink Floyd.

- Sé que nunca tocaste en Pink Floyd, pero bueno… el personaje en The Wall, es inevitable no relacionarte.

- Entiendo, pero ya te dije, no me gusta Pink Floyd- y se rascó una oreja algo impaciente.

- No te gusta Pink Floyd, ¿por qué?

-Porque yo soy Punk- me contestó Geldof y miró encima de mi cabeza buscando a alguien. Entonces acabé por arruinar la pequeña entrevista:

-Perfecto… entonces tocarás algún cover de The Ramones o Sex pistols- y retraí mi lengua, avergonzado, porque caí en cuenta que no conocía el trabajo de Geldof y entendí en un segundo la importancia de la responsabilidad periodística. Bob Geldof me miró con fastidio, miró encima de mi cabeza y se levantó:

-mi música es mejor que la de Ramones, lo siento chico debo irme- y fue a reunirse con una rubia que venía hacía él. Geldof desapareció y no lo volví a ver hasta la siguiente noche en el concierto de la Plaza de la Aduana.

Noche de 25 de enero

El lugar está lleno y dividido en dos. La parte VIP está organizada en hileras de sillas blancas que van colmándose con personas que en su mayoría usan guayaberas, pantalones y zapatos blancos. Pulula en VIP la clase alta de Cartagena y los cachacos adinerados. La segunda parte en la que está divida la audiencia, no tiene sillas, sólo aglomeraciones de manos, caderas y rostros: una cosa salvaje y desordenada, cervezas, cigarrillos y sudores. Bob Geldof salta al escenario acompañado de un buen número de músicos, la bulla, los chiflidos, las luces. Geldof se acerca al micrófono e improvisa algo en español: “Buenas noches, bienvenidos al Hay Festival… Voy hablar un poquito de Español… mi español es una mierda… esto es “Cuando viene la noche” when the night comes”. Y con esto Geldof inunda la noche con su primera canción, altas dosis de blues y country que se reparten en las siguientes canciones que cubren la primera mitad del concierto, luego Geldof varía y hace un poco de Reggae y los cuerpos se mueven bajo el cielo cartagenero y la sensualidad de la piel salpicada por los tramojazos rojos de la música. Sobre el final de este trance colectivo, Geldof nos da veinte minutos de música irlandesa y dan ganas de tomarse de los brazos y girar, sonidos celtas para rendirle tributo al Caribe que en un nivel extendido e imaginativo es el mismo Mediterráneo, los tambores africanos retumbando en el vientre, los violines irlandeses salivando el aire, las guitarras británicas desgarrando la noche y los bongoes cubanos impregnando los muslos de esas terribles ganas de bailar sobre la arena “…Por los íntimos dones que no enumero, por la música, misteriosa forma del tiempo”[1].



[1] Jorge Luis Borges, Otro Poema de los Dones.

domingo, 28 de febrero de 2010

Los Pequeños Espejos

Breve crónica de un taller literario en prisión.

Las paredes altísimas, manchadas de moho y hollín, rodean los seis patios que conforman la Penitenciaria Cárcel Modelo de Bucaramanga. Divididas cada doscientos metros –por torres de seguridad y guardias armados- estas paredes si pudieran hablar, contarían que la prisión tiene capacidad para 800 internos y en ella, conviven cerca de 2000. Las noches son largas, sobre todo para aquellos que no tienen amigos que los puedan ubicar en alguna celda, o para los que no tienen dinero para apartar un catre, transacción que puede llevar meses de espera, mientras alguien recupera su libertad. “Yo tiré carretera once meses antes de conseguir espacio en una celda” me cuenta Elí Peña, uno de mis talleristas del programa Libertad Bajo Palabra. “¿Qué es eso de tirar carretera Elí?”,”pues profe, dormir en el suelo, en el piso de los baños, en los techos de los patiosdonde sea que uno pueda echarse y dormir… eso es tirar carretera”. Yo le expreso mi indignación, pero él me advierte que tirar carretera es de lo más normal en la cárcel, es como una especie de curso por el que todos deben pasar.

Trabajo en el Colegio San Juan Bosco de la Cárcel Modelo. Soy el director del programa Libertad Bajo Palabra, un taller de escritura creativa donde se comparten lecturas y se escriben historias que se discuten, un día a la semana, durante tres horas. En mi taller, tengo a disposición a treinta internos interesados en la literatura. Hemos leído a Julio Cortázar, a Ambrose Bierce, a Guillaume Apollinaire, a Alberto Salcedo, a Tomás Vargas Osorio. Hemos visto películas de Charles Chaplin, Sergio Leone y John Sturges. Les gusta mucho el cine y no sólo por el placer ocioso que implica, sino porque en las cintas (sobre todo en los western) encuentran una representación de la opresión y el olvido al que están sometidos, situación que no pierden oportunidad para comentar (cada vez que hay película no nos alcanza el tiempo, la conversación es abundante, todos tienen algo qué decir, todos desean ser escuchados)

Junto al colegio de la penitenciaría, se encuentra la cancha de arena donde todos los días los internos trotan, levantan pesas o caminan de un lado a otro. En esta cancha hay una subdivisión cercada por rejas y vigilada por guardias. A este lugar los internos le llaman la jaula. Allí pasan los días los presos más conflictivos, los que pelearon aquella mañana por un puesto en las duchas, los que robaron a otros y fueron acusados, los que se encendieron a cuchillo por alguna rencilla inveterada. Algunos de los convictos de la jaula, pasan el tiempo agarrados a los alambres, observando hacia el colegio.

En cada una de las aulas funciona un grado del bachillerato. Las horas de matemáticas, inglés y sociales son dictadas por internos educados, que aprovechan su condena para enseñar a otros. Hay un grupo dedicado a estudiar la biblia y otro interesado en los derechos humanos.

Minutos antes de empezar el taller, uno de mis muchachos me aborda en la puerta de la biblioteca. Se llama Anderson, tiene 22 años y está condenado a 20 por homicidio. Anderson me cuenta, entre otras cosas, que “me encendí a cuchillo con una gonorrea” y me enseña, con un gesto que media entre el orgullo y la vergüenza, su brazo cubierto de cintas y esparadrapos. Le pregunto a Anderson si prefiere (señalándole la cancha de arena) estar en la jaula o participando del taller. Anderson examina mis ojos y me suelta la respuesta: “Aquí es más tranquilo profe y pa qué, uno cree que los libros son aburridos, pero sabe qué, acá uno lee cosas bacanas”. Invito a Anderson a entrar e inicio el taller.

Leemos Historias de Cronopios y de Famas de Julio Cortázar. Las costumbres de los famas, La alegría del cronopio, El baile de los Famas, La tristeza del cronopio; sus Viajes y su Conservación de los Recuerdos. Jairo Pita, uno de los más interesados, insiste en que “aquí somos desordenados y despreocupados, el único día que medio uno se ordena es en el de la visita, pero ni así… yo soy el más cronopio de todos, profe” y sonríe de oreja a oreja, sintiéndose orgulloso de encajar en esa singular tipología humana, inventada por el argentino que se hizo querer de todos. Jairo Pita es carpintero y le falta poco para recobrar su libertad. Yo le pregunto que si ya pensó en dónde va a poner su taller de carpintería. Jairo me responde, dándose cuenta del tono bondadoso de mi pregunta: “no profe, uno no puede escupir tan alto, además siendo carpintero en este país uno se muere de hambre”.

Continuamos con Manual de Instrucciones. Leemos en voz alta Instrucciones para llorar, Instrucciones para subir una escalera, Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj e Instrucciones para dar cuerda al reloj. Comentamos los breves textos, intercambiamos impresiones y luego del diálogo, les propongo que escriban sus instrucciones para cualquier cosa, lo que se les antoje, lo que se les dé la gana. Los resultados son numerosos. Textos como Instrucciones para seducir una bandida, Instrucciones para ser el mejor sacabolsillos[1] e Instrucciones para meter bareta al penal; hacen las delicias del grupo y nos divierten un buen rato. Estoy interesado en escucharlos a todos y le pido a Anderson que lea su texto, pero él, que inició el taller con muy buen humor, está sombrío y silencioso. Le pido de nuevo que lea su texto, pero niega con la cabeza. Decido dejarlo en paz y seguir con la lectura de los otros.

El taller llega a su fin y después de algunas recomendaciones joviales, me despido. Anderson se pone de pie y me pide hablar en privado. Salimos de la biblioteca: “bueno mano, soy todo oídos”. Anderson se rasca la cabeza, mira el piso y aprieta con sus dedos tatuados, el cuaderno amarillento que sostiene a modo de matamoscas: “uy profe too bien que yo sí hice el ejercicio, lo que pasa es que ando todo azarao… se me mete como el diablo profe, me cambiaron de patio y allá me tienen todo amenazao, no puedo dormir y me tratan mal los guardias, no me gusta que me humillen profe, que me pordebajeen… hablé con la sicóloga pero la nena no me dice ná, sólo que me calme y le pida a Dios sabiduría, pero es que esa sicóloga no me habla con sinceridad… ahí como por salir del paso la piroba esa, uno se da de cuenta cuando la pinta no es sincera profe y esa hijueputa lo trata a uno como si uno no existiera, no lo valoran a uno y eso es muy arrecho profe, yo voy a la capilla y le pido a Dios y le pido a Dios, pero sabe qué... Dios no me escucha profe, Dios no me escucha... vea yo si le quería mostrar el ejercicio, pero es que no lo quería leer delante de todos, vea profe” y Anderson abre el viejo cuaderno, en donde escrito con lápiz se lee con claridad: Instrucciones para matar.

Después de leer las instrucciones, en las que se describe cómo matar a puñaladas, Anderson me aprieta la mano. Yo le doy las gracias. “Too bien profe, gracias por escucharme”.

Salgo del colegio y sigo el camino de cemento que separa los patios, avanzo y voy franqueando las puertas que me llevarán fuera del penal. Los pequeños espejos que se asoman de las puertas enrejadas de los patios 3, 4 y 6, me reflejan brevemente, antes de volver al interior de las paredes altísimas, manchadas de moho y hollín, que resguardan a la Cárcel Modelo de Bucaramanga.



[1] Especie de raponero.


viernes, 19 de febrero de 2010

Sobre Periodismo Literario

Reflexiones y apartes de una conversación con Julio Villanueva Chang

Al leer “Viajes por Georgia” de John Mcphee, uno se encuentra con un relato que se aventura por el gran estado sureño, en compañía del periodista norteamericano y dos biólogos, que no tienen ningún problema en alimentarse de animales encontrados en la carretera. D.O.R (dead on the road) es el código que nombran Carol y Sam, cada vez que divisan un animal arrollado en el camino. Entonces recogen tortugas mordelonas, comadrejas, ratas almizcleras, ardillas y mocasines de agua, que en algunas ocasiones son guisados en una olla y en otras, van a parar al laboratorio de alguna universidad de Atlanta. Ambientada con música de Johnny Cash (el cantante favorito de la bióloga) y la humedad y el calor de los pantanos de Georgia, el reportaje de Mcphee se ha convertido en una pieza clave para definir el Periodismo Literario. Durante todo el reportaje, uno tiene la sensación de estar leyendo ficción, gracias a los detalles y situaciones minuciosamente narradas, propias de una novela. Sin embargo, uno sabe que está leyendo hechos reales, que está leyendo un trabajo periodístico, un relato que nada tiene de invención, aunque tenga bastante de literario. Martín Caparrós dice que la diferencia entre una noticia y una crónica literaria estriba en que si por ejemplo, se cuenta el duelo de una familia, la noticia dirá “los familiares asistieron conmovidos al sepelio”, en tanto que una crónica literaria, contará la situación y hará que el lector se conmueva, con la narración de los gestos de los familiares en duelo. Hay quienes definen el Periodismo Literario, como la conjunción entre las técnicas periodísticas y la sensibilidad propia del novelista. Hay otros que ven en el Periodismo Literario, una exageración al contar una noticia y prefieren, la forma escueta y llana de información.

En Latinoamérica no se ha consolidado una generación de lectores de Periodismo Literario y siguen abundando en los medios escritos, las noticias contadas de manera plana y directa. Claro que esto se entiende, pues en un periódico de circulación diaria, es bien difícil hacer Periodismo Literario, pues éste demanda mayor inmersión en los temas, más investigación y mayor carpintería literaria.

Si en USA existe una revista como “The New Yorker” que se especializa en Periodismo Literario; en Latinoamérica desde hace algunos años, existe una revista para este tipo de trabajos y esfuerzos de largo aliento. “Etiqueta Negra” del Perú, fundada por el Licenciado en Educación Julio Villanueva Chang, se levanta como punto de referencia en América Latina de Periodismo Literario. Con una apuesta quijotesca, Villanueva Chang logró consolidar en pocos años, lo que muy pocas revistas han logrado: ser considerada la mejor revista de Periodismo Literario en habla hispana. Y esa preocupación, la de crear un nuevo público lector de periodismo en habla hispana, más atento y sensibilizado, fue lo que llevó – entre otras cosas- a Julio Villanueva Chang, a mantener firme el timón de ese barco, que hoy por hoy, navega con fortuna por las impredecibles aguas del periodismo y la literatura.

A continuación, usted podrá leer una breve pero sustanciosa entrevista, lograda de manera informal, con el “chino” Chang, en el atrio del Teatro Heredia, mientras adentro se llevaba a cabo una de las tantas charlas programadas por el Hay Festival 2008. Ya la tarde se extinguía y el viento soplaba fuerte entre nosotros, los pelos revueltos, las camisetas agitadas como banderas izadas de pequeños territorios.

¿Julio Villanueva Chang, qué es el periodismo literario para ti?

Mira yo escribí un ensayo que se llama “El que enciende la luz” que ahora tiene una versión más actualizada con respecto a la que publiqué en Elmalpensante hace un año, pero creo que hay bastantes mal entendidos, por ejemplo creer que literario es imaginativo en el sentido de inventar o hacer ficción. Y creer que periodismo es el adjetivo, o sea que literario es el sustantivo y periodismo el adjetivo, cuando es todo lo contrario. A diferencia de la ficción, el periodismo literario que yo prefiero llamar narrativo, supone un trabajo de reporteria distinto al periodismo tradicional, que solamente le importa recolectar hechos y pruebas. En ese sentido, es un periodismo menos abogadil, menos fiscalía, menos policial. Es un periodismo que le interesa contar una historia lo más fascinante posible, pero cuya información sea verificable línea por línea y que si no es verificable, o sea si hay licencia para especular, el lector sepa que estás especulando y que esa no es la esencia del reportaje que estás haciendo.

En ese mismo ensayo dices que en América Latina aún tenemos como referentes las novedades veteranas de Truman Capote y Tom Wolfe. ¿Con esto, haces alusión a que sería conveniente prestar más atención a lo que se ha escrito más recientemente?

Si. A no seguir viviendo de ese pasado, porque además ya hay otro pasado, menos publicitado y más trabajado; me refiero que en los últimos treinta años hay trabajos y autores que por razones editoriales no han sido traducidos. Y que por razones editoriales o de pereza, o de ignorancia o de prejuicios, los profesores de periodismo no los han llevado a las universidades, o porque no los han leído o no los conocen…

… ¿No hay una distribución de estos trabajos de manera suficiente?

Mira, yo he tenido la suerte de viajar por lo menos una vez al año, por varios lugares y quedarme bastantes horas en librerías, y la forma de clasificar los libros en las librerías es curiosa, porque un libro de turismo narrativo puede estar en la sección de agricultura, porque trata el tema por ejemplo de la crisis asiática y cómo un reportero sigue un vagón de papas fritas de un campo de cultivo de Estados Unidos, hasta una tienda Mac Donalds en Singapur y pueden poner el libro en agricultura y no en la sección de comunicación y te lo perdiste. Es curioso, pero ese periodismo sigue siendo practicado de forma más excluyente en los Estados Unidos, sigue siendo el faro en ese género y además, en Estados Unidos se han podido crear fondos y adelantos de dinero para que los periodistas puedan dedicarse de lleno. Aparte el editor no sólo se encarga de corregir estilo y gramática o el titular o la cantidad de palabras, sino que además, la idea la vas perfilando en conversaciones con él o ella, esa es otra visión del periodismo, una visión más ambiciosa en el tiempo, en la inversión del tiempo y en el periodismo como un trabajo intelectual, no como un trabajo mecánico, autómata, de piloto automático…

Entonces, en Estados Unidos se ha seguido desarrollando ese periodismo narrativo.

Si, pero tampoco a nivel industrial, me refiero a que también es un asunto de minorías, sin embargo por el tamaño, la dimensión del país y la tradición que ya tiene, hace trabajos notables, produce resultados notables de todo tipo, que no tiene que ver con corrupción, tiene que ver con desentrañar un mundo escondido, por ejemplo John Mcphee escribe un libro que se llama “Naranjas”, Tracy Kidder escribe un libro que se llama “House” que se trata de reportar todo lo que cuesta comprar una casa, decorarla, previamente haberla buscado, todo el negocio de por medio, los líos entre las parejas y la familia para escogerla.

La revista ETIQUETA NEGRA que tú fundaste y dirigiste por cinco años, publica este tipo de trabajos de reportería diferente, ¿los lectores latinoamericanos, si leen este tipo de reportajes?

Uno nunca sabe, siempre he querido usar dos verbos que no se oponen sino que se completan con los verbos denunciar y entretener, yo prefiero, preferí en la revista usar descubrir y desengañar, frente a denunciar y entretener. Descubrir, desengañar y distraer en el sentido que Octavio Paz le da a la palabra distracción, quiere decir atracción por el reverso de este mundo. Yo creo que no hay un gran tema pre-existente, ni un tema pigmeo, yo me he emocionado con una historia de corrupción como la que ganó el Premio Nuevo Periodismo el año pasado, o con una historia de una madre de familia que cuenta lo desgraciado que es tener un hijo, todo lo que sufre por tener una barriga. A mi me emocionan las historias que me parece la gente las va leer, porque tienen que ver con ellos, en ese sentido, la universalidad para mi es cuando tú consigues que alguien que no conoces, lea tu historia y consigues hacer sentir en ese extraño, que la historia tiene que ver con él o con ellos; eso para mi es la universalidad y eso es lo que hemos siempre peleado en la revista y es difícil, porque la gente no está preparada un poco para pensar así las cosas y demanda un esfuerzo, que sea una búsqueda. Mira, el resultado puede cambiar, puede fracasar, pero la búsqueda… yo creo que no se debe renunciar a ella.

En “El que enciende la luz”, tú dices que uno de los hallazgos más importantes de un reportero, es descubrir cosas que no esperaba que estuvieran ahí dentro de su investigación.

Hay una frase de Philipp Blom, este historiador alemán que más o menos dice que cada día el pasado es más impredecible ¿no?, entonces, nosotros no tenemos otra alternativa que trabajar siempre con el pasado ¿no?, incluso lo que estamos hablando ahora ya es pasado y no es que el futuro sea impredecible, sino que realmente lo que te dice la gente que hizo es impredecible, tú puedes entrevistar a la misma persona, medio hora más tarde, siete años más tarde y en el pasado, en su declaración, hallas elementos diferentes. Entonces, me parece que entramos en esas cosas que ya son indiscutibles, que tienen que ver con qué material trabajamos, con qué técnica para obtener la información, en donde está la entrevista en primer lugar, y debemos ir más allá de la información porque ya no llegamos a tiempo y cada vez somos menos testigos, deberían volver a discutirse estas cosas, como por ejemplo debería volver a discutirse qué cosa es la palabra investigar.

Investigar, ¿para ti qué sería esa cosa?

Mira, investigar es un término muy policíaco para mi gusto, sigo creyendo como digo en el ensayo, que la última tecnología sigue siendo la curiosidad y yo no tengo ningún ánimo fiscal. La historia de Carlos Paredes que apareció en Etiqueta Negra y que ganó el Premio Nuevo Periodismo, “Las mentiras de un héroe oficial” es una historia fascinante, es una historia de un gran engaño contra un país y no solamente es una historia de jueces, abogados, testigos. Investigar es ese libro, porque incluso en el final del libro, hay un capítulo donde Paredes cuanta su relación con los editores, cómo se fue construyendo el texto, cómo los editores ayudamos a Paredes, y estas cosas son las que deberían hacerse, un poco la historia detrás de la historia.

Julio, según entiendo, tú estudiaste Educación…

Sí, algo que nadie debería estudiar, al igual que periodismo.

Pero de alguna manera, esa curiosidad por saber qué es educar y cómo educar a la gente, lo viertes en el periodismo, con la intención de contarles lo que hay detrás.

Sí, yo creo que tienes razón, hay algo de necesidad de explicar, no de sermonear ni de predicar, sino de explicar, que es en principio una necesidad de que tú mismo te lo expliques, y en el acto de escribir tienes la ventaja de que al escribir tú empiezas a entender las cosas, no antes. Antes tienes una nebulosa, pero el antes de escribir, supone un acto de comprensión.

En esa idea de comprender el mundo, de desentrañarlo y desenmascararlo, ¿qué papel juega el nuevo periodismo en Latinoamérica?.

Bueno tú lo estás diciendo, pero durante años los periodistas nos hemos visto, sin darnos cuenta, como productores de información para abogados, fiscales y le hemos dado la espalda al público y no sabemos muy bien qué cosa es lo que el público quiere y creemos saberlo, es decir, hay una especie de soberbia que a veces se confunde con la intuición y a veces se acierta. Pero creo que lo fundamental es que los periódicos tal y como están hechos, no están hechos para leerlos, están hechos para enterarse y hoy si se trata de eso, te llega la información por Facebook, por Internet, etc., entonces nosotros ya hemos pasado de ser productores de la noticia, a ser una alternativa más para enterarse de los hechos, el conocimiento está a disposición de todo el mundo, la diferencia es la velocidad con que lo tienes y el sentido que le das a eso que enuncias como titular; entonces me parece que ahora más que nunca, el periodismo narrativo es una necesidad, porque justamente eso no se hace ni en los noticieros de televisión, ni en los periódicos velocísimos de Internet, se hace poco y es difícil de encontrar. Entonces yo creo que el periodismo narrativo es una necesidad más que un lujo, a pesar de que su modo de producción sea un lujo, más que nunca ahora el periodismo narrativo debe complementar lo que existe y pienso que ya es un asunto ético hacerlo, ya no es una elección, salir a la calle y explicarle a la gente qué es lo que pasa. Además como trabajo periodístico es más complicado, más ambicioso, más retador y más necesario que un periodismo de divulgación, de resumen o de sensacionalismo. Y ante la cantidad de sobreoferta que tiene la gente frente a sus narices, que es una sobreoferta que te llega por lo general en un informe a tus ojos u oídos y que te lleva a la confusión, más que a la ignorancia, a la confusión. Entonces, lo que hace el periodismo narrativo es tratar de aproximar esa complejidad al lector, que otros lenguajes, otros géneros no alcanzan.

Sobre el final de nuestra charla, Villanueva Chang, ante el requerimiento de que me describiera Cartagena en unas líneas, para probar sus poderes de observación y percepción, rió y me confesó que no había podido fijarse mucho en la ciudad por culpa de la cantidad de mujeres guapas que había. Me dijo que era increíble el número de mujeres hermosas transitando por ahí, e incluso llegó a bromear, diciéndome que prefería que yo no fuera un estudiante sino una estudiante parecida a esas mujeres. Me agradeció por devolverlo a la realidad y por hacerle recordar, que ahora tendría que ir cabizbajo a su hotel, con la consciencia de que aún continuaba solo. Imaginé a Villanueva Chang, solo y triste en su habitación del hotel, durante los cuatro días del Hay Festival y me dije:

- Nah, además de muy buen periodista, este peruano con pinta de chino, tiene un gran sentido del humor.


domingo, 20 de julio de 2008

La Trilogía de Nueva York: Avenidas literarias que se entrelazan

Paul Auster nace el 3 de febrero de 1947, la misma fecha en que su segunda novela Fantasmas empieza. Fantasmas es un relato que confunde la identidad de sus personajes desdibujándolos con los nombres de los colores: Azul es contratado por Blanco para que vigile a Negro.

El escenario principal es Orange Street, una calle ubicada en el suburbio de Brooklyn Heights que resulta ser la misma cuadra donde nueve décadas atrás, Walt Whitman escribió la primera edición de Hojas de Hierba. Negro pasa sus días en un apartamento de esa calle escribiendo y leyendo. En su constante vigilancia, Azul ayudado con unos prismáticos desde un piso ubicado al frente, descubre que el libro que lee su vigilado es Walden de Henry David Thoreau. En cumplimiento con su trabajo de detective privado, Azul envía semanalmente un informe a Blanco sobre las actividades de Negro y éste a su vez, le envía puntualmente su pago en efectivo. Han pasado varias semanas y Azul decide disfrazarse, para acercarse un poco más a Negro y avanzar en el caso. En un pasaje formidable, Azul espera a Negro sentado en una acera, convertido en un viejo mendigo que pide monedas. Este anciano callejero resulta a los ojos de Negro, un tipo muy parecido a Walt Whitman. Tras ganarse la confianza de Negro, el viejo lo persuade para que charlen un rato. La conversación acaba en un monólogo inolvidable donde Negro le cuenta a Azul, la ocasión en que Thoreau, aprovechando su visita a Nueva York, decidió conocer al mejor poeta de Norteamérica. Azul asiente asombrado,mientras asiste a un pasaje histórico de la literatura norteamericana, contado con la gracia y el virtuosismo de los personajes de uno de los maestros contemporáneos de la misma tradición: Paul Auster.

En Ciudad de Cristal la primera de las novelas de Auster, Quinn -su protagonista- tras recibir una llamada equivocada, acepta el juego de hacerse pasar por otra persona: un detective privado. Antes de que esto ocurra, Quinn se dedicaba a escribir novelas policíacas bajo el seudónimo de William Wilson. Entonces, antes de convertirse en un detective por equivocación, Quinn ya los inventaba en sus novelas firmadas con el nombre del personaje de Edgar Allan Poe. El relato se desarrolla y Quinn se ve inmiscuido en una aventura que lo lleva a transformarse en otra persona. Las circunstancias así se lo exigen y la fatalidad de su absurdo acto de equilibrista no acepta otra cosa. Siguiendo a su vigilado Peter Stillman –un ex convicto de una prisión psiquiátrica y a su vez, un erudito en filosofía y teología que se propone crear un nuevo lenguaje- camina por Manhattan, siguiendo el rastro del viejo profesor que traza un código cifrado sobre las calles de Nueva York. En una de estas persecuciones, Stillman decide descansar en Riverside Park a la altura de la calle 84, sobre una roca llena de protuberancias conocida como Mount Tom. En ese mismo sitio, en los veranos de 1843 y 1844, Edgar Allan Poe pasó varias horas contemplando el río Hudson. Quinn a menudo iba allí, enterado a detalle de esta anécdota literaria y meditaba, pensando en el autor de Massachussets. Peter Stillman se detiene en esa roca y como lo hiciera Poe un siglo atrás, piensa en sus asuntos mientras los haces de luz reverberan en las aguas del río. En algún momento, Quinn evoca las últimas páginas de Las aventuras de Arthur Gordon Pym, por efecto de su investigación sobre Peter Stillman, el lenguaje y la Torre de Babel. La presencia de Allan Poe es latente a través de toda la narración de Ciudad de Cristal y Paul Auster, se refiere a él sin ninguna timidez, pues al fin y al cabo, Poe es uno de los más destacados –sino el más- escritor de misterio.

En La Habitación Cerrada la alusión a la tradición literaria norteamericana no puede ser más directa. El protagonista se llama de la misma manera que el protagonista de la novela corta de Nathaniel Hawthorne: Fanshawe. Además, para explicar la intrincada trama, Auster se vale de un cuento de Hawthorne llamado Wakefield y lo recrea en su propia narración. Es el clásico argumento de Paul Auster que se desperdiga a través de sus posteriores libros: el hombre que por alguna razón decide abandonar su vida convencional (trabajo, esposa y hogar) y huir en busca de sí mismo. Esa búsqueda lo lleva a perderse y a reinventarse, pero no con la libre voluntad del que elige por sí solo, sino más bien vapuleado por los oscuros vaivenes del azar y la fortuna. En La Habitación Cerrada hay un momento en que el personaje que ha suplantado a Fanshawe, viaja a París en busca de Fanshawe. En esas anda y en algún momento se da cuenta que Fanshawe está dentro de sí mismo y siempre lo ha estado. Ya con la razón consumida por este laberinto interior, se presenta en un burdel como Herman Melville y alucina con una de las prostitutas. Le dice que es una vieja conocida de Tahití, ¿cómo la conoció?, después de haber atracado en la isla, abordo del ballenero más famoso de la historia de la Literatura.

Las tres novelas conforman una unidad inseparable que muda de una pieza narrativa a otra, sostenida siempre por el tema principal: las múltiples identidades y la ausencia de sentido en ellas mismas. Soportada además por una sólida excavación en la historia de la literatura norteamericana, La Trilogía de Nueva York presenta autores y personajes clásicos, los sitúa y los confunde en sus escenarios e historias, les rinde un merecido tributo y de algún modo, les da las gracias porque sin ellos, la Trilogía nunca podría haber sido escrita. Un libro que se inscribe de modo imperecedero dentro de la mejor literatura norteamericana, reconociendo y respetando una tradición de altísimo nivel. Las tres novelas comparten la estructura clásica de la novela policíaca, con la variación de que en cierto momento estallan y se destruyen, para derivar en extrañas situaciones, donde los tintes metafísicos se cruzan una y otra vez, creando un fresco aterrador sobre la identidad de los personajes. ¿Quiénes somos?, ¿realmente conocemos lo que hay detrás del que nos mira desde el espejo?, ¿es posible considerarse un individuo independiente de los otros?, ¿hasta qué punto somos los otros y ellos nosotros mismos?. Lejos de despejar estos interrogantes, de resolver los misterios como bien sucede en las sagas policíacas, Paul Auster plantea nuevas incógnitas y cierra cada una de sus tres novelas, sin haber resuelto absolutamente nada.

jueves, 17 de enero de 2008

After hours

Tarde en la noche, hacía zapping y me moría del aburrimiento. Me detuve en la segunda parte de "La leyenda del Zorro" que pasaban por cinemax. Volteretas en el aire, explosiones de fuego, peleas de espadachines y el cuerpo y la cara de Catherine Zeta Jones, fueron suficientes para distraerme un poco. La película acabó y esperé para ver que seguía. El canal anunció "After Hours" en su especial de los miércoles de enero de grandes directores del cine. "After hours" de Martín Scorsese.
Me levanté de la cama, saqué un litro de Jack Daniels del armario y me senté con un buen vaso de whisky a observar la película. De Scorsese había visto "Casino", "Goodfellas", "Cape fear", "Aviator", "The departed", "Gangs of New York", "Taxi driver" y "Mean Streets". En todas me había embriagado con distintos licores, Cognac, Brandy, Ron, Tequila, Vodka. Pero en la que más había puesto a girar mi cabeza, había sido en "Casino" porque viéndola, recordé que en mi vida pasada, fui socio de "Bugsy" Siegel y construimos juntos, el Flamingo Hotel en Las Vegas, ¡qué bellos recuerdos!, mi esposa era idéntica al personaje interpretado por Sharon Stone en "Casino".
Ver las películas de Scorsese , se convirtió en una fiesta solitaria y benéfica, en la que disfruté a más no poder la hermosa violencia mostrada por sus cámaras, las actuaciones magistrales de De Niro y el espléndido ojo de Scorsese, por las lolitas que automáticamente se convertían en estrellas de cine, hablo de Jodie Foster en "Taxi Driver"(1976) y de Juliette Lewis en "Cape Fear"(1991).
Tarde en la noche, segundos antes de que empezara "After Hours", esperaba una película de gansters o de algún sujeto que perdía la cabeza y se vengaba de aquello que le hacía perder la cabeza, o de gansters y mujeres adictas a la cocaína, o de algún visionario con manías y complicaciones mentales. Pero nada de lo que vi en "After Hours" tenía que ver con esto. Me encontré ante un thriller plagado de delicioso humor negro, presencié entre largos sorbos de Jackie fromm Tennessee, la historia de un sujeto común y corriente con un empleo de oficina común y corriente, que al terminar su trabajo tomaba café y leía a Henry Miller en una cafetería. (Miller es otro de los puntos comunes en Scorsese, en"Cape Fear", Max Cady lo nombra varias veces) Estando en aquella cafetería, el tipo conoce a una mujer que le deja el teléfono de una amiga artista donde pasará la noche. El sujeto, horas más tarde, la llama y ella lo invita al apartamento. Serán las 11 y 30 y a partir de ese momento, el sujeto común y corriente se ve envuelto en la noche más extraña de su vida. Una carrera de taxi endiablada a través de las calles de New York, el último piso de un viejo edificio en el barrio Soho, una mujer escultora enigmática y bella, la reproducción en tercera dimensión de "El grito" de Edward Munch, una pareja de ladrones que anda en una vieja camioneta asaltando cuanto apartamento en Soho sea posible, un inesperado suicidio, el bar "Berlín" donde sólo pueden entrar personas con mohawks, una mesera cansada de su trabajo que tiene trampas para ratas alrededor de su cama; personajes, situaciones y lugares, que se van conectando a medida que la noche avanza y la tragedia de nuestro amigo se incrementa con hechos inverosímiles, divertidos y bizarros, que parecen sacados de uno de los mejores libros de Paul Auster. Tanto Auster como Scorsese son Newyorkinos y viven allí. Seguramente en más de una ocasión, habrán compartido unas copas y agradables e inolvidables conversaciones.
"After Hours"
es la película de Scorsese que rompe con sus estética de opulencia y poder, con sus historias de conflictos entre grupos, armas y violencia. Es el film que supone una ruptura de los elementos típicos de Martín Scorsese; así como"The Straight story" en David Lynch descubre un nuevo y agradable matiz en su voz y narrativa, "After Hours" en Scorsese, es una refrescante película para aquellos que admiramos su cinematografía. Una intrigante, extraña y divertida propuesta, de lo que ocurre after hours en una ciudad como New York.
Al final cuando los créditos subían, tomé un pequeño trago de whisky y me quedé absortó ante el televisor. Luego, me levanté de la cama, salí al balcón y observando las estrellas, me quedé dormido.